domingo, 30 de marzo de 2025

AYER SOÑÉ UN MUNDO DE PLASTILINA



Ayer soñé un mundo de plastilina.

Estaba viendo a África, el hogar de inimaginable para mi, diversidad de animales y vegetales, estaban gritando al mundo que la naturaleza no puede estar viva con humanos dentro. Estaba escuchando esta curiosa clase ecológica.

Vi frente a ellos, a los europeos con su canción de los Derechos Humanos y Dignidad. Con las líderes femeninas, y no, no era un mensaje ni acto feminista, sino un grito contra los ataques a la humanidad, sugiriendo que no estamos gobernados por humanos, sino por demonios o animales violentos y derramadores de sangre, que es lo que parece ser las mujeres somos.

Vi a los amigos Australianos encerrando en una caja a los Guardines del Planeta.

Escuché a los Amigos Orientales adorar a las Torres del Ego que invadían la Ciudad y se convertían en nuevo hogar de los humanos. Nos llamaban a volver a la tierra y recuperar esa humildad, hace mucho tiempo perdida. Imitándolo todo en un grito desesperado que reclama la autenticidad del ser humano.

Escuché el grito romántico de Estados Unidos. El Cóndor y Águila en una historia de amor irreconciliable. El grito contra las leyes de las religiones que están haciendo tan imposible los encuentros amorosos con el otro género para los humanos, como si de una relación inter-especies se tratase. Escuché su estrepitoso grito tratando de recuperar el sentido del amor, de pareja o de comunidad.

Escuché a los niños de la luna morir por sus ideales, llamándonos a volver al corazón.

Escuché a los Protectores Rusos cantar una canción a la libertad, al más puro estilo Bob Marley, en un llamado desesperado a la Buena Diplomacia.

Escuché también a la ciudad israelí matar por una demanda de respeto del espacio personal. Pidiendo la recuperación del sentido perdido de límites. Tan necesarios y sabios.

Los escuché y me enamoré de los humanos locos.

Pero todavía no pude escuchar el sonido de los océanos, los mares o los ríos.
Mi cielo, lleno de nubes, no me permitía ver las estrellas, los planetas o las constelaciones.
No hablaba con los animales ni con los vegetales, sino que me los comía.

La auto y mutua destrucción seguía siendo nuestra única religión e identidad común.

MARZO 2024

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